Cuando Abel me dijo que era cirujano dudé. Era el típico tipo en el que no me fijaría: parecía hablar tan rápido como escribía por el chat, como si el tiempo no le alcanzara nunca para terminar de formular la idea y la dejase a la interpretación del oyente, del lector. Es un dibujante, pero de eso y de la poesía sólo sobreviven los bohemios. Nosotros nos dedicamos a otra cosa. Era el 2004, quizás, cuando nos encontramos en un foro cibernético de literatura. En ese tiempo él tenía a la chica de turno, yo a un cuarentón que pronunciaba la s como z, con perros y mujer, al que le escribí un libro, como le escribo a todos. Pasaron varios años y dos chilenos, sin que se me cruzara por la cabeza el mínimo interés por mi amigo imaginario. Entonces, en el 2008 mi cibernovio me dijo que no, que a Puerto Rico no vendría jamás y yo hice las maletas con el fin de celebrar mi cumpleaños número treinta lanzándome de algún puente en Guadalajara.
Con Abel nos encontramos en la estación de autobuses, una amiga en común presentaría su poemario esa noche y él viajó desde el DF para ser partícipe del evento y de paso abrazarme, con lo mucho que habíamos fantaseado con eso: irnos de juerga, él de putas, yo de machos; en ese tiempo Luvia no estaba en el panorama, creo que hasta se estaba casando con un regordete. Abel transmitía en vivo lo que no pude intuir por la cámara web. Me es difícil explicar. Esto de la tecnología es una navaja en dos vías. ¿Y si en persona el chileno es el chico simple que no me inspira nada? Mejor no me mato. Abel y yo nos fuimos a celebrar el libro ajeno a un bar, donde los mariachis machacan los mayores éxitos de Juanga. Siempre que bebo me pongo cariñosa, él canceló su habitación y se mudó por cuatro días al cuarto 26.
A las seis menos diez de catorce de julio quedé en espera de que una fuerza benigna arrancara el techo, que penetrara todo el conocimiento de la adultez condensado un rayito de luz, pero el techo estaba bien pegado al hotel. Me volvía a enamorar de la idea, no del hombre. Sólo le cambio la cara a la gente, incubo mis esperanzas en el cuerpo y cuando no funciona digo algo hiriente que lo aturda y lo rajo para extraer lo que será depositado en otro lugar.
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