Me empezó a doler la rodilla hace dos semanas, esa es mi queja principal. El año pasado quería las cosas que cualquier otra treintañera: saldar el auto, bajar 20 libras... creo que eso era todo, bueno, también quería atarme a Marcial, pero él aún vive en el Dorado, sigue casado simbólicamente con su primera, segunda mujer, incluso consigo mismo. La poligamia aquí es ilegal. Entonces, le dejé una nota al lado del estanque vacío. Sus peces enfermaron de hambre de afecto, como yo, y llegó Luvia, un arcoíris en mi techo que se filtra. Supongo que un día también le dejaré una nota.
Ahora cargo con un reloj en la muñeca contraria, es raro, nunca me interesaron los relojes. La prisa pasó. No se trata de eso, ni siquiera sé leerlo bien, me encuentro muchas veces adivinando la hora, fallando en el cálculo, veo un tres donde debería ver un cuatro y la jefa de turno me estampa la t de tardanza en la nómina. -Subí las veinte libras que me propuse bajar el año pasado- me excuso, y la siento seguirme con sus ojitos jartos hasta mi escritorio. Voy lenta, a propósito. Soy una de las presas de ese micro espacio que traga y devuelve a la medianoche, si es que nada se complica. Mirna, llamada en la línea uno, Mirna, llamada en la línea dos, Mirna, llamada en la línea… sólo hay dos líneas.
La covacha en la que trabajo se ha mudado a mi casa. Hoy- ayer, porque ya es mañana- quería hacer el amor, pero el teléfono no paraba, como tampoco dejaba de escribirse en mi mente esa lista de cosas por hacer. Ya me habían advertido que las mujeres, a cierta edad, se llevan las responsabilidades a la cama y la única fantasía que tienen es resolverlas en el menor tiempo posible. Qué sencillo me era desconectarme de todo, antes, cuando me quería colgar del palo de mango de la infancia, ese que cortaron porque estaba invadiendo la estructura del vecino. Escuchaba a mi padre murmurar que el tipo era un cabrón: “Y que demandarme y que cobrarme la loseta y que...” Yo tengo un padre de verano. Olvidé su número y comprarle alguna cosa, no seguí el protocolo de los días especiales. Si mi hermana de verano ve esto que me envíe información.
La mejor parte de fantasear con ganarme la lotería es esa carta de renuncia, ni la casa, ni el carro, ni la abdominoplastía, ni el paseo en góndola, ni el autopublicarme, ni el automercadearme, ni el… Tal vez done unas grapadoras a la agencia y me quede. Como me jode el día que un artefacto tan elemental se estanque, me troncha la cosita esa llamada vocación. Entonces, alguien en la calle me da las gracias por la amabilidad, por orientarle, por confrontarlo con la realidad, por ser intermediaria, por lo que sea y se me paran los pelos, y voy directo a comprarme una grapadora para que regrese del carajo la vocación y nunca más se vaya y pueda ser útil aunque haya dejado de ser amable conmigo, esté enredada, enajenada de mi realidad y tenga un problemita de comunicación con mi entorno y con mi ex y mi presente, y haya olvidado que tengo padre, que hay que llamar, que hay que visitar, que hay que perdonar. Esto de las veinte libras no debe quitarme el sueño; la próxima vez que haga el amor me concentraré.
Ahora cargo con un reloj en la muñeca contraria, es raro, nunca me interesaron los relojes. La prisa pasó. No se trata de eso, ni siquiera sé leerlo bien, me encuentro muchas veces adivinando la hora, fallando en el cálculo, veo un tres donde debería ver un cuatro y la jefa de turno me estampa la t de tardanza en la nómina. -Subí las veinte libras que me propuse bajar el año pasado- me excuso, y la siento seguirme con sus ojitos jartos hasta mi escritorio. Voy lenta, a propósito. Soy una de las presas de ese micro espacio que traga y devuelve a la medianoche, si es que nada se complica. Mirna, llamada en la línea uno, Mirna, llamada en la línea dos, Mirna, llamada en la línea… sólo hay dos líneas.
La covacha en la que trabajo se ha mudado a mi casa. Hoy- ayer, porque ya es mañana- quería hacer el amor, pero el teléfono no paraba, como tampoco dejaba de escribirse en mi mente esa lista de cosas por hacer. Ya me habían advertido que las mujeres, a cierta edad, se llevan las responsabilidades a la cama y la única fantasía que tienen es resolverlas en el menor tiempo posible. Qué sencillo me era desconectarme de todo, antes, cuando me quería colgar del palo de mango de la infancia, ese que cortaron porque estaba invadiendo la estructura del vecino. Escuchaba a mi padre murmurar que el tipo era un cabrón: “Y que demandarme y que cobrarme la loseta y que...” Yo tengo un padre de verano. Olvidé su número y comprarle alguna cosa, no seguí el protocolo de los días especiales. Si mi hermana de verano ve esto que me envíe información.
La mejor parte de fantasear con ganarme la lotería es esa carta de renuncia, ni la casa, ni el carro, ni la abdominoplastía, ni el paseo en góndola, ni el autopublicarme, ni el automercadearme, ni el… Tal vez done unas grapadoras a la agencia y me quede. Como me jode el día que un artefacto tan elemental se estanque, me troncha la cosita esa llamada vocación. Entonces, alguien en la calle me da las gracias por la amabilidad, por orientarle, por confrontarlo con la realidad, por ser intermediaria, por lo que sea y se me paran los pelos, y voy directo a comprarme una grapadora para que regrese del carajo la vocación y nunca más se vaya y pueda ser útil aunque haya dejado de ser amable conmigo, esté enredada, enajenada de mi realidad y tenga un problemita de comunicación con mi entorno y con mi ex y mi presente, y haya olvidado que tengo padre, que hay que llamar, que hay que visitar, que hay que perdonar. Esto de las veinte libras no debe quitarme el sueño; la próxima vez que haga el amor me concentraré.
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