El país está sucio desde que nací. Mamá me puso Estrella por lo cerca que estuvo de morirse: cuando salió del hospital, con la hija amarilla, fue enredada por el esposo en un beso de lengua que estuvo a punto de hacerla caer, las latas de coca cola le hicieron recuperar el equilibrio. Será por eso que tropiezo adrede, por el talento que requiere subirse al aluminio frágil y rotar, aplanarlo sobre la acera, incrustar en él las iniciales del despecho.
Trabajo en una covacha. Mi oficina es el depósito de los que sufren y seguirán, sin importar que ya no pertenezcan a los padres que les levantan la mano; el sistema lo hace bien, o sea, darle manigueta al patrón. Ellos crecen y a mí también me estrangula la repetición de números. Este año seré impar. Treinta y tres, mamita, desde que el estudiante de medicina te zurció, olvidando la gasa, desde que se te apareció un fantasma a decirte que me dejarías huérfana.
El despecho, motor mío, que me das para comprar ropa que amontono con todo y tiket. Soy fiel a ti, el único, porque a ella y a él les atornillé las cabezas estratégicamente.
Debo reconocer lo positivo del asunto: al tipo le saqué un libro, de ella es poco lo que puedo escribir porque la quiero.
Trabajo en una covacha. Mi oficina es el depósito de los que sufren y seguirán, sin importar que ya no pertenezcan a los padres que les levantan la mano; el sistema lo hace bien, o sea, darle manigueta al patrón. Ellos crecen y a mí también me estrangula la repetición de números. Este año seré impar. Treinta y tres, mamita, desde que el estudiante de medicina te zurció, olvidando la gasa, desde que se te apareció un fantasma a decirte que me dejarías huérfana.
El despecho, motor mío, que me das para comprar ropa que amontono con todo y tiket. Soy fiel a ti, el único, porque a ella y a él les atornillé las cabezas estratégicamente.
Debo reconocer lo positivo del asunto: al tipo le saqué un libro, de ella es poco lo que puedo escribir porque la quiero.
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